La sociedad perversa 0

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Dicho de otra manera “perversión” es una versión exagerada o hiperbólica de algo, sea un rasgo de personalidad, un Geist cultural, una alimentación extraña, una identidad bizarra o una sexualidad sin control, etc. La perversión sucede cuando los individuos concretos no acatan los controles o las inhibiciones que frecuentemente se encuentra en la cultura a la que pertenecen o se prioriza en cualquier caso, el deseo individual o el derecho a ser cualquier cosa. La perversión es un repudio.

Hacia una redefinición del termino “perversión”.-

El término “perversión” es bastante reciente si lo comparamos con el término “desviación” un término más estadístico que clínico. O la más antigua de las hipótesis: la degeneración moral de Morel o de Lombroso.

Debemos el término “perversión” a Freud tal y como ya conté en un post anterior y es posible afirmar que sin el inconsciente no podríamos entender como algunas personas sufren (los neuróticos) mientras otras parecen no sufrir en absoluto y/o hacen sufrir a otros, pero por las mismas razones por las que el neurótico sufre. Es por eso que Freud decía que la perversión es el negativo de la neurosis.

La operación intrapsíquica más sofisticada que hacen los perversos es lo que podemos llamar repudio o denegación. Pero lo importante, más allá del rechazo moral que algunos actos perversos tienen para nosotros, es la consideración freudiana de que perversión es algo así como “poner del revés” o “invertir algo”. La idea fundamental es que los perversos no son aquellos que cometen simples actos inmorales, pues lo perverso no es una conducta: es una estructura psíquica.

Según Freud existen tres posiciones o estructuras psíquicas: la neurótica, la psicótica y la perversa (y las estructuras son diferentes maneras de decir “no”.) Cada una de ellas utiliza un mecanismo nuclear fundamental como defensa de los afectos, ideas, emociones o sentimientos que entran en conflicto con el Superyó: los neuróticos utilizan la represión, es decir ese no saber que pregunta, que interroga y que plantea dilemas. El psicótico utiliza el rechazo absoluto, lo que Lacan ha llamado la forclusión, una especie de obturación del agujero psíquico que se agranda con cada embestida libidinal y el perverso que utiliza el “repudio” que Freud llamaba “verleugnung”,que es un saber que ya sabe y que por tanto no pregunta ni inquiere. El perverso sabe que sus actos son inmorales, abyectos, irresponsables o ignominiosos pero no le importa pues se comporta como un hombre hueco, una conciencia vacía, a cambio mantiene la apariencia, la máscara de normalidad, incluso su capacidad de dar una buena impresión a los demás, pues conoce perfectamente las leyes que gobiernan entre las personas.

Pero en este post no voy a ocuparme de los conflictos intrapsíquicos de las personas sean o no perversas sino como los Estados modernos han conseguido a través de la publicidad, ciertas políticas utòpicas o felicitarias y la ingeniería social “pervertir” a los ciudadanos llevándoles a la confusión, a la locura, a la inadaptación, el infantilismo, el emotivismo, la feminización y al caos. En definitiva el Estado nos ha convertido en histéricos.

El Estado terapéutico.-

Podemos pensarlo también como Estado del bienestar, algo que va unido a la opulencia pero también a la deriva de las políticas socialdemócratas y “progresistas” en todo el continente europeo. A medida que los ciudadanos han ido ganando calidad de vida, los viejos partidos utopistas han tenido que retirarse a nuevas trincheras sobre las que seguir persiguiendo la “felicidad” de sus ciudadanos. Esta persecución ha dado como resultado la reivindicación de las minorías (un verdadero filón para los populismos): allí donde hay una minoría supuestamente discriminada hay un Estado ofreciendo su particular visión de la terapia, solo así se entiende que los Estados legislen para favorecer a estas supuestas minorías explotadas, como las mujeres, los homosexuales, los catalanes, los colectivos LGTVI o los animales. Se trata de favorecer la emergencia de una nueva moral que logre integrar a estos colectivos si es necesario violentando a las mayorías y sometiéndolas a la dictadura del supremacismo moral de leyes que son aprobadas a toda prisa y con el apoyo de todo el arco parlamentario. Desde el PP a Podemos han votado este tipo de leyes, a pesar de que algunas de ellas -como por ejemplo la ley de violencia de género- ya han demostrado su ineficacia, si lo que quiere resolverse es disminuir el numero de uxoricidios o crímenes de pareja íntima.

Con la caída en desgracia de los principios liberal-conservadores, a los que injustamente se atribuyó la responsabilidad de la catástrofe, el pensamiento crítico fue cayendo en desuso. En su lugar, sin prisa, pero sin pausa, floreció el relativismo y sus derivadas: la mentira, la manipulación, el victimismo, la hipersensibilidad y la irresponsabilidad. La política dejó de ser el medio para gestionar el consenso con la sociedad civil y los políticos se transformaron en terapeutas. Ya no sólo importaba la economía, la seguridad y el bienestar material, sino que cobraron gran protagonismo los sentimientos de la gente y es por esta razón por la que en el conflicto catalán se habla de encaje de los catalanes en España o que se sienten poco queridos por el resto de los españoles como si los murcianos se sintieran mejor que ellos solo por serlo.. La nueva competencia de los líderes políticos, cada vez más alérgicos a la realidad y al pragmatismo, fue prometer la felicidad. Una felicidad no ya material sino, sobre todo, psicológica. (Texto modificado de Javier Benegas)

Así, la política derivó en la búsqueda e identificación de agravios, de discriminaciones e injusticias, reales o inventadas, que, más allá de la igualdad de oportunidades, ponía el foco en el estado anímico de las personas, pero no de forma individual sino siempre como grupo, asociando traumas y frustraciones a determinados colectivos, entre los que se encontraban, claro está, los nacionalistas, lo que propició -como en toda histeria- la emergencia de nuevas discriminaciones y agravios. Desde esta nueva perspectiva terapéutica, la responsabilidad de las decisiones y actos de quienes pertenecían a los supuestos colectivos agraviados se imputaban al conjunto de la sociedad, nunca a quienes los cometían. Así, los crímenes de determinados varones hacia sus parejas sentimentales se imputan a todos los hombres y no sólo a los ejecutores.

Agraviados eternos que se dedican a buscar y mantener apoyos para lanzar cruzadas morales contra injusticias que se presentan como muy graves y sistemáticas exagerando, o falsificando incluso, muchas veces las ofensas. Se produce también una “sobredependencia legal “, una atrofia de la capacidad para manejar pequeños problemas interpersonales. En el fondo se trata de conseguir el suficiente apoyo para obligar a las autoridades a que actúen. Lo curioso, también, es que estas quejas florecen entre las poblaciones más educadas y pudientes de las universidades americanas y no entre los más pobres. Parece que cuanto más igualitaria es una sociedad nos sentimos agraviados por cosas cada vez más pequeñas (Pablo Malo) y que esta hipersensibilidad va asociada a una incapacidad para resolver nuestros problemas por nosotros mismos.

Campbell y Manning hablan de que se ha producido una evolución en la cultura moral de Occidente. En los siglos XVIII y XIX la mayoría de las sociedades de Occidente pasaron de la cultura del honor a la cultura de la dignidad. En las culturas del honor es la reputación lo que hace que alguien sea honorable o no y uno debe responder agresivamente a insultos, a agresiones y desafíos o perder el honor. No luchar se considera una debilidad moral. La gente honorable es muy sensible a los insultos y responde inmediatamente. Las culturas del honor aparecen en lugares donde no existe una autoridad legal fuerte y uno mismo tiene que sacarse las castañas del fuego.
 
Pero al pasar a la cultura de la dignidad se considera que en vez de honor las personas tienen dignidad y que es inherente a la persona, por lo que no puede ser alienada por otros, ni tiene que ser demostrada. La dignidad existe independientemente de lo que otros piensen por lo que la reputación social es menos importante. Los insultos pueden ser importantes pero ya no destruyen el honor y la reputación de una persona como ocurría anteriormente. Incluso está bien visto tener la piel dura y pasar de esas provocaciones. Esta cultura aparece cuando hay una autoridad fuerte y un sistema legal que funciona. Las ofensas graves (robo, asalto, ruptura de contrato, etc.) se llevan a los tribunales y las ofensas menores se arreglan personalmente, hablando y discutiendo el problema, o se pasa de ellas.
Pero ahora, según Campbell y Manning, se está produciendo la transición desde una cultura de la dignidad a una cultura del victimismo que tiene características que no encajan ni con la cultura del honor ni con la de la dignidad. La gente ahora es muy sensible al insulto, como en las culturas del honor, pero no responde personalmente sino que busca la ayuda de terceras partes. Esto sería anatema en una cultura del honor. Por otro lado, las personas integradas en una cultura de la dignidad entienden lo de recurrir a terceras partes pero no para ofensas menores. Así que es como un revoltijo de ambas culturas. El victimismo es una forma de atraer simpatías y  ser víctima confiere estatus moral (a la vez que se rebaja el estatus moral del ofensor) de manera que se produce así una espiral de competencia a ver quién es más víctima.
Y a ver quien es el que tiene mas supremacía moral
 
Histeria o perversión.-
Lo que define a la histeria es la perfomance, es decir la exhibición, la teatralización o escenificación -como se dice ahora- de ciertas políticas o causas destinadas a reproducirse en los medios, mientras que lo que define a la perversión es la reiteración de algo exagerado, que no conoce límite y que ha sustituido a todo lo demás, la perversión es un goce primario, mientras que la histeria goza de un beneficio secundario. El perverso goza de su propia perversión que le escotomiza para entender realmente el derecho a gozar del otro, que muchas veces va en sentido contrario o atender cualquier llamada a la realidad de su deseo. No hay manera mejor de describir la perversión nacionalista sino con esta frase real que escuché en alguna red social, “no importa la economía, lo que queremos es ser independientes”.
Con todo no quisiera que el lector entendiera que los nacionalistas son perversos. Hay individuos perversos en todos lados (más en los extremos) como también hay parafílicos perversos y no parafílicos perversos, histéricas perversas y no perversas, psicópatas funcionales y psicópatas perversos y anoréxicas perversas y no perversas. El perverso se identifica fácilmente porque es una persona de un solo libro (de un solo deseo), ha de ser así y solo así. Y todo lo demás no me importa.
Asistimos pues a una hipertrofia de la subjetividad que se debe a que el Yo es el ultimo reducto que le queda a los humanos después de la secularización y la desaparición de las jerarquías investidas de autoridad. Y lo seres humanos sin la plomada de la realidad, sin esos muros o limites que separan lo posible o probable de lo imposible se mueven en un terreno pantanoso donde es probable perecer,
Diseminar todas las oportunidades de ser y estar en el mundo es la forma en que los Estados modernos enfrentan los malestares sociales detectados y se equivocan al proporcionar a los ciudadanos la coartada que necesitan para el victimismo y la reivindicación permanente.
Bibliografia.-

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