
Una metáfora es una figura retórica, una figura lingüistica que transforma una expresión y le confiere un significado distinto al habitual.
Esa es la noción que tenemos hoy sobre esa palabra, pero es bueno recordar su origen:
- «Meta» es en griego un prefijo que indica «mas allá de».
- Y Phoros (phorein) es en griego actual un verbo que significa trasladar , no es extraño que los camiones que se dedican a mudanzas en Grecia lleven en sus logotipos ese verbo.
- Pero en griego clásico phoros aludía a otro tipo de mudanzas: a las fases de la luna.
De manera que la palabra metáfora señala en la dirección de algún tipo de cambio, de un viraje de sentido, de una traslación, modificación o añadido de un significado nuevo. Una palabra adquiere a través de la metafora un sentido distinto al habitual.
El primero en caer en la cuenta de que una enfermedad mental podía ser la metáfora psíquica de un conflicto biológico fue Freud, si bien lo que el descubrió fue el proceso inverso: que un conflicto psicológico podía expresarse a nivel biológico, ser su metáfora. En sus estudios sobre la histeria Freud nos aporta decenas de ejemplos de como determinados dilemas acababan por expresarse a nivel físico.
Freud descubrió que los síntomas histéricos -expresados en el cuerpo- eran metáforas (aparecían en lugar de) un conflicto mental que se encontraba oculto. A este ocultamiento Freud le llamó represión y supuso que se trataba de un mecanismo inconsciente destinado a alejar de la conciencia algún contenido inmoral, algo intolerable. El tratamiento que propuso fue el de hacer consciente dicho conflicto, el resultado fue que levantando la represión, el conflicto podía hacerse consciente y era desde allí que se podía resolver confrontándolo con un terapeuta entrenado para esta cuestión.
Susan Sontag es una escritora norteamericana que escribió un libro de culto sobre este asunto: «La enfermedad y sus metáforas«. La tesis de su libro que fue escrito durante la epidemia de SIDA de los años 80 venía a señalar que el SIDA – como su antecesora la sífilis- no era sólo una enfermedad venérea: era sobre todo un estigma, algo que se vivencia como una lacra moral, algo que promueve actitudes de exclusión, sermones moralistas y discriminación, persecución y vigilancia epidemiológica.
Una enfermedad física puede contener pues metáforas psíquicas y hasta sociales promoviendo actitudes en el grupo social donde se expresa de rechazo y de exclusión: algo así sucedió y sucede con las enfermedades mentales y con la tuberculosis, la lepra o los embarazos en solteras, condiciones que había que ocultar, esconder y tutelar por los poderes públicos o sus remedos inquisitoriales: metáforas de la depravación, el vicio o la violencia.
De manera que un conflicto biológico puede tener sus correspondencias metafóricas en la mente y al contrario, un conflicto psicológico puede tener correspondencias biológicas.
Pero la cosa no es tan fácil porque en muchas ocasiones las somatizaciones físicas no están expresando un conflicto psicológico individual. Dicho de otra manera: no siempre una enfermedad física se corresponde con un conflicto psicológico consciente o inconsciente, no todas las somatizaciones son histéricas. Lo que es seguro es que cualquier conflicto tiende a ascender es decir a concienciarse y si no lo hace este conflicto está destinado a descender: a hacerse biológico, a expresarse en el polo físico.
Lo importante a retener en este momento es que entre un conflicto y su correspondencia biológica no existe una lógica lineal, no hay una correspondencia sencilla y en dos pasos, sino un tránsito, una traslación metafórica en varios pasos. Y que en numerosas ocasiones el conflicto sólo es vivido en términos de conflicto si operamos con la lógica individuo-organismo pero no en términos de conflicto psicológico individual.
No todos los conflictos son vividos en la mente, aunque todos son computados por el cerebro: casi siempre en forma de disfunciones evaluativas cerebrales: son ejemplos de estas disfunciónes evaluativas el dolor, el prurito, el pánico o la diarrea.
La mayor parte de los conflictos son afásicos y dejan por tanto de ser conflictos psicológicos individuales, se trata de disfunciones entre la mente y su cerebro a la hora de ponerse acuerdo sobre algo: un conflicto de intereses.
Una anoréxica puede tener los mismos conflictos psicológicos que usted o que yo, pero no es anoréxica por esos conflictos inespecíficos o por tener unos genes especiales. Si enferma de anorexia es porque existe un conflicto individuo-organismo. Un conflicto vivido por su cerebro y del que su mente no tiene más noticia salvo las conductas y cogniciones que pone a punto a fin de conseguir llevar su plan de inanición adelante y que siguen los pasos de distintos atractores.
. Cuando Susan Sontag escribe “La enfermedad como metáfora”, su gesto no es solo crítico sino casi higiénico: quiere limpiar el lenguaje de adherencias morales, de esas capas simbólicas que convierten la enfermedad en culpa, destino o castigo. La tuberculosis como sensibilidad exquisita, el cáncer como secreto reprimido: Sontag desconfía de ese impulso humano de narrar el cuerpo como si fuera un texto moral.
Si seguimos esa estela, la maternidad aparece como el reverso luminoso —pero igualmente cargado— de esa operación metafórica.
Porque la maternidad no es solo un hecho biológico: es un campo semántico saturado.
Y ahí es donde conviene ser incómodo, incluso quirúrgico.
1. La maternidad como “salud moral”
Si la enfermedad fue metaforizada como desviación o castigo, la maternidad ha sido elevada a su opuesto: redención, plenitud, cumplimiento.
Pero eso no es inocente.
La metáfora de la maternidad como destino natural funciona igual que las metáforas de la enfermedad que denunciaba Sontag:
- impone una norma
- genera culpa en quien no encaja
- convierte una experiencia en mandato
Una mujer que no desea ser madre queda, en ese imaginario, “incompleta”. Igual que el enfermo, en ciertas narrativas, queda “fallido”.
La metáfora organiza la moral sin pedir permiso.
2. El cuerpo como texto interpretado
Sontag insiste: el cuerpo enfermo ha sido leído como si ocultara un significado.
Con la maternidad sucede algo paralelo pero inverso: el cuerpo fértil es leído como promesa.
El útero deja de ser órgano y pasa a ser símbolo. Un simbolo que protege a toda la humanidad, pues —paradojicamente— solo una virgen puede ser la madre de todos.
Y entonces aparecen lecturas:
- “está hecha para eso”
- “su reloj biológico”
- “la naturaleza habla”
Pero no habla la naturaleza: habla el lenguaje.
Aquí la maternidad se convierte en una narrativa anticipada, en una especie de guion que precede a la experiencia.
3. La trampa de la idealización
Sontag combatía la romantización de la enfermedad porque añadía sufrimiento simbólico al sufrimiento real.
Con la maternidad ocurre algo simétrico: la idealización borra lo ambivalente.
Se construye una imagen limpia:
- amor incondicional
- instinto automático
- felicidad plena
Pero se silencian:
- la ambivalencia
- el rechazo ocasional
- el agotamiento radical
- la pérdida de identidad
La metáfora no solo adorna: censura.
4. De la enfermedad culpable a la madre responsable
Hay un desplazamiento interesante.
Antes, el enfermo era culpabilizado (“algo habrás hecho”).
Hoy, la madre es hiper-responsabilizada (“todo depende de ti”).
La metáfora ha cambiado de signo, pero no de estructura.
La madre deviene:
- origen de la salud psíquica del hijo
- garante del apego
- arquitecta emocional
Y eso, llevado al extremo, produce una presión silenciosa, casi totalitaria.
5. Hacia una desmetaforización de la maternidad
Si tomamos en serio a Sontag, la tarea no es destruir la maternidad como experiencia, sino liberarla del exceso de significado.
Desmetaforizar no es empobrecer: es permitir lo real.
- una maternidad sin épica obligatoria
- sin mandato universal
- sin moral incrustada
Una maternidad que pueda ser:
- deseada o no
- gozosa o ambivalente
- central o periférica en la identidad
No todas las metáforas revelan, algunas capturan pues algunas son códigos morales ocultos.
Soneto de la maternidad oscura.
La metáfora enferma lo que nombra,
viste al cuerpo de culpa y de destino,
y en su fiebre convierte en desatino
lo que el dolor apenas ya se asombra.
Así la madre al mito se acostumbra,
virgen de carne, fértil en divino,
carga en su seno un orden clandestino
donde el amor y el mandato se encumbra.
Nacer no es limpio: toda luz se hiere,
no hay vientre puro que no esté tocado,
ni cuerpo que en su historia no se altere.
Mas sigue el símbolo, grave y obstinado,
haciendo ley del miedo que prefiere
nombrar virtud lo que ha encadenado.
Cuando termines el artículo:


Leyendo la entrada me viene a la cabeza una analogía con los Shiva Sutras y la tradición del shivaísmo de Cachemira, donde se desarrolla la noción de mātṛkā: la matriz de las letras-energía. Para esa tradición, cada fonema (varṇa) no es un signo arbitrario sino una śakti, una vibración con potencia propia, y la realidad —lo que llamamos mundo— es el juego (līlā) de esas energías combinándose entre sí. El cuarto sutra lo dice de manera escueta: jñānādhiṣṭhānaṁ mātṛkā, la matriz de las letras es el fundamento del conocimiento ordinario.
Lo interesante es que ahí la metáfora no es un recurso del lenguaje sino, casi como tú la planteas, el órgano mismo de lo real: la realidad está hecha de combinatoria vibratoria, de traslados entre niveles, de un fonema-energía que se enlaza con otro y abre un sentido. Lo que llamamos mundo sería entonces un texto siempre en movimiento, una mudanza permanente —volviendo a tu phoroi.
En esa clave, el “colapso de la metáfora” que describes tiene un eco preciso: ocurre cuando el sujeto deja de reconocer el juego y se identifica con el producto endurecido de la combinatoria. La letra deja de vibrar y se vuelve cosa. El “no tengo estómago” sería el momento en que una sílaba del mundo se ha solidificado y ya no remite a nada más que a sí misma. La tarea terapéutica que planteas —devolverle a la metáfora su capacidad de transformarse— se parece bastante a lo que esa tradición llama pratyabhijñā: el re-conocimiento de que detrás de la imagen detenida (o más bien, en ella) sigue habiendo un movimiento vibratorio que la engendra.
Quizá por eso el “como si” sea ya un primer signo de vida: reintroduce la danza entre las letras.
Esa idea de la vibración me recuerda al concepto sufí de la luz de un número.